El desarrollo de un nuevo episodio de El Niño para el período 2026-2027, según los pronósticos disponibles, podría alcanzar una intensidad considerable. A diferencia de ciclos anteriores, este evento se produce después de tres años consecutivos (2023-2025) en los que los océanos batieron sus propios récords de temperatura, lo que amplifica el riesgo de impactos severos en América Latina y el Caribe.
De acuerdo con estimaciones del Centro Internacional para la Investigación del Fenómeno de El Niño (CIIFEN), existe una probabilidad cercana al 20% de que este episodio se clasifique como "muy fuerte", con anomalías térmicas superficiales que podrían ubicarse entre 2°C y 3°C por encima del promedio hacia fines de 2026. Voceros de la Organización Meteorológica Mundial ya señalan que los modelos apuntan a un evento de magnitud considerable.
Un mismo fenómeno, impactos opuestos
El Niño no golpea de la misma manera a todo el territorio regional. En el norte de Sudamérica, la Amazonía y el Corredor Seco Centroamericano, el aumento de la temperatura acelera la pérdida de humedad del suelo y la vegetación, elevando el riesgo de incendios forestales. En paralelo, en el litoral del Pacífico sur y en el Cono Sur, el fenómeno se traduce en lluvias intensas, crecidas repentinas y presión sobre una infraestructura urbana que en muchos casos no fue diseñada para estos extremos.
El cambio climático no creó a El Niño, pero funciona como un multiplicador de sus efectos: convierte una variabilidad natural en crisis humanitarias y ambientales de una escala que antes no veíamos.
De la emergencia a la adaptación
El desafío ya no pasa únicamente por anticipar sequías o inundaciones, sino por poner en el centro del debate público la planificación a largo plazo: la ejecución real de los presupuestos de prevención, el ordenamiento territorial, la diversificación de las matrices energéticas y el fortalecimiento de sistemas de protección social capaces de responder antes de que las comunidades más vulnerables pierdan sus medios de vida.

